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Hilos de Fique

Extraño. Por: Nicolás Castro. (Bogotá, Colombia)

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  Un gato negro, la pantalla oscura de su pelaje contoneando sus músculos y huesos, brilla bajo la sombra y camina al lado de un perro viejo de pelos revueltos y empolvados. Ambos caminan levantando un poco las manos y los pies del suelo, dando pequeños saltos. Parecen felices. Caminan frente a la fachada de un edificio sostenido por cuatro pilares. La mole, encima de ellos, les hace sombra. Cuatro delgadas líneas soportan el peso de la mole descomunal de quince pisos. Es ciencia. Tiene una lógica que funciona pero que no encaja bien con la estética. Es desafiante. Pero es normal. Ni el perro, ni el gato, ni yo, reparamos en ello. Cuando el perro y el gato doblan la esquina, vuelvo a mirar al cielo. Hay un punto suspendido en medio del firmamento, lo veo al mirar hacia las alturas por encima del edificio. Es una maquina voladora, bordea los últimos pisos de la mole y desciende, y al bajar resulta que es un dron. Me mira con su ojo electrónico, suspendido en el aire. Quizás están grab

La punketa. Por: Nicolás Castro. (Bogotá-Distrito Capital)

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    El cielo se venía abajo y yo lo miraba descascararse mientras me reía. Mis ojos apuntaban al abismo celestial, inmenso y lleno con toda la luz del sol, que me hacía pensar en todas las promesas de un futuro brillante. Ilusiones perversas preferiblemente pronunciadas por las bocas de los profesores. Pero de los papás también. Todos los días me cuestionaban y me pedían sonreír. Y a mí me daban ganas de vomitar sus intenciones, porque siempre estaba segura de la maldad, siempre la olía a lo lejos, antes de que me clavaran sus colmillos por la espalda. Yo sólo sonrío cuando miro a los ojos a la oscuridad. El resto del tiempo pongo mala cara, para sacarles la piedra y obligarlos a dejarme en paz. Yo no vine a este mundo encima de una cuna de oro, la mía era la cuna de las ratas. He venido a pelear y hasta que llegue el día final voy a patalear. El otro día estaba con una de mis amigas. Nos encontramos debajo de un palo de mangos. Comíamos fruta para que el aguardiente supiera mejor