La punketa. Por: Nicolás Castro. (Bogotá-Distrito Capital)
El cielo se venía abajo y yo lo miraba descascararse mientras me reía. Mis ojos apuntaban al abismo celestial, inmenso y lleno con toda la luz del sol, que me hacía pensar en todas las promesas de un futuro brillante. Ilusiones perversas preferiblemente pronunciadas por las bocas de los profesores. Pero de los papás también. Todos los días me cuestionaban y me pedían sonreír. Y a mí me daban ganas de vomitar sus intenciones, porque siempre estaba segura de la maldad, siempre la olía a lo lejos, antes de que me clavaran sus colmillos por la espalda. Yo sólo sonrío cuando miro a los ojos a la oscuridad. El resto del tiempo pongo mala cara, para sacarles la piedra y obligarlos a dejarme en paz. Yo no vine a este mundo encima de una cuna de oro, la mía era la cuna de las ratas. He venido a pelear y hasta que llegue el día final voy a patalear. El otro día estaba con una de mis amigas. Nos encontramos debajo de un palo de mangos. Comíamos fruta para que el aguardiente supie...