El caballo. Por: Nicolás Castro. (Chía-Cundinamarca)

 


Nací en una lejana torre de cristal cuyo pináculo superior dividía las nubes, apuntando hacia el centro del cielo en lo alto de su elegante cuerpo curvado, como un cuchillo de plata, mientras que sus cimientos se hundían en la oscuridad de las raíces de la tierra. Mi padre, al casarse con mi madre, le juró que haría realidad sus sueños más preciados. Y ella, siendo una niña, soñó una vez que el hombre con el que se casaría la llevaría a vivir a una atalaya de cristal, alta e inmaculada, en medio de dos colinas arboladas. Años después mi padre construiría la torre en la juntura de dos colinas boscosas, tan alta que se alzaba por encima de las cimas que la colindaban, y tan brillante que a veces parecía ser un trueno cristalizado, que asombraba la mente de los campesinos que la veían, y que hería los ojos de los viajeros que no comprendían qué era aquello que destellaba de esa forma en medio de las remotas montañas. Tanto la torre, como las colinas y sus bosques estaban dentro de su hacienda, al norte de Boyacá, cerca de Boavita.

La torre de cristal tenía un armazón de acero y concreto que no se veía desde afuera, pues estaba meticulosamente recubierto bajo su piel cristalina, como el esqueleto de un cuerpo humano contenido por su piel orgánica y maleable. Y el cristal, que era semi-translúcido, no sólo ocultaba su armazón, sino que mimetizaba la torre en los días nublados, al espejear al cielo o los árboles. En los días de sol, por otro lado, era cuando impresionaba con su presencia de ráfaga lumínica aparentemente inmaterial. Tengo una memoria precoz y perseverante y recuerdo, siendo una niña pequeña, ver la torre de cristal desde el camino, bajo las colinas, y pensar que era una torre de agua y de viento, que se metamorfoseaba para ocultarse de la vista de los animales y los humanos, de manera que fuera a la vez refugio seguro y palacio colosal. Cuando el cielo estaba azul, la torre se bañaba con ese color y no era posible verla desde lejos. Su base, por otro lado, se metamorfoseaba con el tono y la textura de las hojas, dando la impresión de ser una extensión de la tierra, las plantas y las colinas arboladas.

Mi madre me parió en la torre. Mi padre pagó un equipo médico que se quedó con ella desde el quinto mes del embarazo, en nuestra suntuosa casa, para gusto y disgusto de ellos, ya que al estar allí gozaban de sus lujos, pero esos lujos también eran una prisión que los obligaba a estar lejos de sus amores y existencias citadinas. Luego, ya nacida, los únicos meses que tuve a mi padre físicamente a mi lado, fueron los primeros seis meses de mi vida, los únicos seis meses en los que no hubo de dedicarle ni un minuto a sus procedimientos y viajes. Mi madre me hablaba de aquellos seis meses como de una época mítica; todos esos días fuimos atendidos como si fuésemos una familia real, rey, reina y princesa. Los súbditos de mi padre nos procuraban todas las atenciones y comodidades precisas; una corriente incesante de postres, bocadillos y frutas; la mejor comida para el desayuno, el almuerzo y la cena; cualquier bebida que se nos ocurriera estaba lista unos minutos después de pedirla y teníamos a nuestra disposición masajistas, una profesora de yoga, un entrenador físico personal y doce guardaespaldas. Nos bañábamos en el jacuzzi, en la piscina de agua prístina, desviada desde una quebrada cercana, o bajo la cascada artificial que se abría bajo la torre; el agua, tibia o caliente, respondía a los deseos de mis padres, cambiando de temperatura según ellos lo pidieran. Mi cuna era como un trono, fría y petrificada en su propio recinto, a un lado de la alcoba de los reyes. Seis meses estuvimos encerrados en la torre, sin necesidad de salir o de bajar más que una o dos veces a la semana, permaneciendo la mayor parte del tiempo en los pisos más altos. Luego de esto, claro, mi padre debía volver a sus labores. Tengo una clara memoria de todo esto por la incansable labor de mi madre, que vivía recordando y para quien esa época era un deleite recurrente.

Mi madre y yo no nos fuimos con mi padre cuando el reanudó sus incesantes labores. Durante cinco años vivimos en la torre, hasta que fue necesario que empezara mis estudios. Tener que ir a la ciudad fue traumático para mí. No reconocía tantos ruidos, estímulos y estruendos juntos, y a cada sonido debía adherirle una palabra nueva que me resultaba incluso más extraña que los rumores y silbidos a los que se refería. Me atemorizaban las luces que venían de tantos lugares diferentes y la presencia de tantas voces desconocidas. Luego, el colegio fue la atrocidad mayor. Profesoras intransigentes, hombres impávidos e hirientes, niños agresivos, gritones y descontrolados. Yo añoraba la serenidad vigorosa del viento que se movía, como una eterna corriente, arremolinándose alrededor de la torre, susurrándome en las noches la historia del mundo. Mis padres decidieron que, si no podía soportar el colegio, al menos debía tener los mejores tutores capitalinos y, además, debía pasar al menos tres, de los siete días de la semana, en la casa de la ciudad. Accedieron a volver a enclaustrarme, algunos días en la torre, y los restantes en la fastuosa casa familiar de la capital, de estilo inglés, en uno de los barrios más callados y opulentos de la ciudad, a cambio de jurarles que me esmeraría al máximo con mis estudios. Pero incluso el ruido escaso de la gran casa me perturbaba, así que tuvieron que permitirme morar en lo más hondo de aquel edificio, en un estudio interior que hubieron de adecuar como mi habitación, pues allí no llegaban los sonidos de la calle, ni de ningún otro lugar. En dicha habitación recibía a mis preceptores, almorzaba, jugaba, leía, miraba películas, pintaba y estudiaba en mis ratos libres. Prácticamente no salía de allí para nada, excepto al baño, que quedaba justo frente a la puerta del estudio-habitación. El calor del sol sólo me llegaba como un recuerdo gracias al fuego de la chimenea; su luz, en cambio, conseguía colarse en aquel recinto recóndito gracias a una serie de espejos que mi padre instaló a lo largo de un tragaluces que ascendían hasta el tejado. No importaba la hora del día, si el sol estaba al descubierto de las nubes, ese tragaluz me traería sus ases lumínicos, para que mi piel pudiera recibirlos y yo no me enfermase. Pero la verdad era que, en realidad, yo sólo recuperaba mi salud cada vez que volvía a la lejana torre. En la casa de Bogotá a duras penas comía o dormía, y casi todo el tiempo que pasé allá, lo pasé leyendo, estudiando o esmerándome en alguno de mis oficios de forma frenética, pues sólo en la actividad obsesiva lograba olvidarme de que no estaba en mi torre, que era el lugar que yo más amaba siendo una niña y luego una muchacha.

Bajo la torre de cristal había tres grandes espacios, como tres casas, que servían a modo de pensiones para los empleados. En esas casas estaban las cocinas, los almacenes y seis baños. Las habitaciones de los huéspedes, incluyendo la mía y la de mis padres, estaban en la torre. Doce habitaciones bastante espaciosas, una en cada piso, cada una con un baño. La torre alta y estilizada se alzaba sobre las colinas dominando un valle circular, prodigando a las habitaciones una vista que se extendía hacia el infinito horizonte.

Cuando tenía diez años el establo junto a la torre estuvo listo. Fue entonces cuando me regalaron a mi caballo. Niebla, lo llamó mi padre, y el nombre me gustaba mucho porque se alineaba con lo que yo sentía acerca de su aparición; había llegado como la niebla de la mañana, liviano y misterioso, y su vida era un enigma enorme que yo quería descubrir. Hasta entonces, tengo el recuerdo claro, no había sentido que nadie me quisiera con ese ardor. Niebla, al verme aparecer en el establo, relinchaba y se encabritaba; luego, cuando me acercaba a él, se arrodillaba sobre sus patas y me lamía las manos. Él y yo estábamos destinados a conocernos y, al encontrarnos, fuimos de inmediato los más amorosos amigos.

Mi padre, por ese entonces, accedió a dejarnos volver del todo a mi madre y a mí a la torre, para volver a morar en ella, pues yo seguía teniendo repentinos ataques de pánico cada vez que tenía que quedarme a dormir en la casa de Bogotá. Dichos ataques se disolvieron con nuestro regreso final a la torre. Al volver a vivir allá, sólo extrañaba a mis dos primos y a mi medio hermana; pero ellos a veces venían de visita, por lo que mi vida volvió a ser muy alegre en la lejana torre, rodeada del antiguo viento y los viejos bosques.

Mi padre, por supuesto, hizo que adiestraran a Niebla desde que era un potro. Yo acompañé todo el proceso, participé de él, y al observar su desarrollo cobré consciencia de la potencia que yo también tenía entre mis manos, y que me permitiría obrar transformaciones en el mundo, en los otros y en mi misma. Niebla era sumamente dócil, pero recién había llegado a la hacienda no sabía obedecer a ninguna señal. Entonces pude ver cómo se fijaban los sonidos en su memoria y cómo conseguía comprender sus significados. Me maravillaba profundamente observar el aprendizaje del caballo. Y las maravillas que estaban sucediéndose en él se reflejaron en mí; de repente tuve un apetito insaciable por el conocimiento y mis preceptores, que debían vivir con nosotros en la torre, estuvieron fascinados e impresionados con mi brillantez repentina, pues antes de eso yo era una estudiante ambivalente, a veces frenética, a veces deprimida. Hasta ese momento nadie, excepto mi madre, mi padre y mis primos, sabía si yo era inteligente —se sospecha todo lo contrario, pero nadie se atrevía a decirlo—, pues mi inteligencia estaba doblada y retenida en el interior de mi ser, ya que me desagradaba el contacto con casi todas las personas, al no haberme habituado a ello desde pequeña. Pero al reconocer la inteligencia de Niebla y la fluidez de su adiestramiento, al entender cómo el animal podía acostumbrarse a los ruidos fuertes, para ignorarlos, de manera que su mente consiguiera estar enfocada sin importar el desorden a su alrededor, al verlo aprender a responder a las palabras en medio de la ejecución de movimientos rápidos y delicados, y al verlo desarrollar una relación amorosa conmigo y con sus adiestradores, mi propio espíritu quiso también desdoblarse y desplegar en el mundo sus propios dones y potencias.

Los años de mi juventud se fueron deshojando uno tras otro y mis ojos y mi intelecto veían cada vez más lejos. Apartada en la torre podía conocer lo que casi nadie sabía. Mi padre no escatimaba un centavo en mis estudios y me proveía no sólo de todos los libros que pudiera desear, sino de cátedras, seminarios y cursos virtuales con los mejores profesores que se pudieran conseguir. Aún así, cuando estaba por cumplir diecinueve años, comenzaron a exigirme que fuera a la universidad. Y entonces volvieron las crisis de ansiedad, la zozobra y el hastío. ¿Cómo iba yo a soportar la vida en la ciudad, si durante toda mi vida había vivido en la torre, el bosque, la quebrada y el establo? Todo mi amor residía en la torre y si me sacaban de allí ese amor habría de dispersarse, dejándome desahuciada, vacía, muerta en vida.

La dulzura de mi padre y el sensible consejo de mi madre se fueron tornando en una aridez demandante y creciente. De repente comencé a encontrarme con juicios y acusaciones de los que no había sabido jamás. Mis padres estaban decididos a obligarme a volver a Bogotá, para que viviera sola y me inscribiera en una carrera. Una noche sentenciaron el día y la hora definitivas de mi regreso a la ciudad por lo que, a la madrugada, bajo la luz de las estrellas, saqué a Niebla del establo y lo ensillé. Me había puesto un abrigo largo, bufanda y las botas de montar. También llevaba una bolsa de dormir. Entonces preparé dos maletas con forraje y heno, y me fui.

Atravesé una densa niebla matutina hacia el oriente, que flotaba como una montaña fantasmal, lo suficiente como para acercarme a las faldas del Cocuy. Además de las enormes maletas con el heno y el forraje, también traía una pequeña maleta terciada, con comida para mí; racioné durante cinco días lo que tomé para alimentarme. Una vez estuvimos en los linderos del Cocuy, Niebla pudo comer del abundante pasto que nos encontrábamos a la vera de los caminos. Pero yo, que no ignoraba lo que era el hambre, pues nunca fui una niña ni una mujer que comiera demasiado, comencé a sentir un vacío en el estómago y una debilidad como nunca antes en mi vida.

Fue esa hambre la que me obligó a volver a buscar gente. Y tuve que parar en una casa, al amanecer del sexto día, para pedir comida. Los dueños de la casa, una pareja, me miraban muy impresionados y me dejaron pasar al interior de su hogar. Mientras me dieron de comer, me confesaron que sabían quién era yo. Muchacha ¿sí sabe que su padre la busca como alma en pena, de aquí para allá? Por estos lados ha pasado la policía tres veces, por encomienda de él. Yo enarcaba las cejas, fingiendo sorpresa. Sí, les dije, me debe de estar buscando desesperado, de eso no me cabe duda, pero es que él me quiere mandar para Bogotá. Miré a los dueños de la casa, un hombre y una mujer bastante entrados en años, y sin quitarles los ojos de encima continué hablándoles. Díganme, sus mercedes, ¿ustedes son de aquí, cierto? Sí madrecita. ¿Y ustedes se irían para Bogotá si yo les prometo darles, no sé, quinientos millones de pesos? La pareja reaccionó al unísono, ambos cruzando sus miradas y en sus caras apareció cierta burla y malicia. ¿Así no más? Me preguntó la mujer. Así no más, aseveré. Pues eso es harta plata, dijo el hombre, pero es que vivir po’allá, eso es muy maluco, ¿y para qué toda esa plata? Yo creo que no, mija. Mi corazón se puso alegre al reconocer mi espíritu en el de ellos. La fuerza que yo percibía en la inocencia de aquellas dos personas, que habían creído fielmente que yo, en efecto, les habría dado quinientos millones de pesos si se hubiesen ido para la ciudad, era idéntica a mi propio vigor espiritual, que también se afirmaba en una visión inocente del mundo. Y la certeza y la sinceridad de su respuesta, pues no me cabía duda de que ellos no cambiarían su vida allí, junto a la inmensa montaña, ni a su abrigadora y entrañable casita, por una vida hecha de nada en la ciudad, era tan certera como cualquier respuesta mía que demandara la misma franqueza.

Salí de la casa y respiré el aire helado que bajaba de la sierra. Miré al horizonte y vi varias camionetas; venían serpenteando y cortando el vapor de agua que bajaba desde lo alto con sus lámparas hirientes. Toqué la piel de Niebla, que seguía caliente a pesar del descanso. Pronto sabría si habría de internarme en lo profundo de la montaña, para salvar mi espíritu, o si habría de morirme en vida, viviendo una vida que no era mía, en una ciudad con la que no tenía ningún vínculo sustancioso o real.

 


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