La otra Valencia. Por: Eric Duván Barbosa Amaya
Hace 72 años se aprobó el voto universal femenino en Colombia. Ello ocurrió por medio de una Asamblea Nacional Constituyente (ANAC), entidad extraordinaria que hoy por hoy genera resquemores con tan solo su invocación. Sin embargo, por aquel entonces, en 1954, fue la ANAC el organismo que catapultó en la escena política a Josefina Valencia de Hubach, la primera mujer en ocupar un cargo representativo en el país.
Josefina Valencia fue nombrada por el teniente general Gustavo Rojas Pinilla en representación del Gobierno Nacional dentro de la Constituyente. El mismo Rojas Pinilla que años después fundaría la Alianza Nacional Popular (ANAPO), aquel partido que estuvo en los orígenes del Movimiento guerrillero 19 de abril (M-19); la misma agrupación armada que, por cosas de la vida, formó políticamente a otro Gustavo: el presidente Petro.
En todo caso, dentro de la Constituyente Josefina Valencia emprendió duras batallas y se posicionó como una de las defensoras más aguerridas del gobierno de Rojas Pinilla. No hay registros de que haya llegado a decir cosas tan vergonzantes como “Rojas es mi papá”, ni que haya intentado imitar sus recursos retóricos o su acento boyacense, pero sí se mantuvo cerca de la administración hasta el final.
De hecho, mientras la ANAC estuvo en el prolongado receso de 1954-1956, Josefina fue nombrada como la primera mujer gobernadora del Cauca y después como la primera mujer ministra de Educación. En el primer caso, no se le ocurrió dividir el departamento entre los indígenas y aquellos que quieren el “desarrollo”. En cambio, le trabajó a las vías de comunicación y la construcción de obras públicas, aun cuando enfrentó los señalamientos de los patricios locales en medio de un creciente antirojaspinillismo. En el segundo caso, no se le pasó por la mente entregar bonos a los padres de familia para fortalecer la educación privada, pero sí buscó la ampliación de la educación pública rural y técnica. En general, su política educativa tuvo un carácter campesino, y consistió en aportar conocimientos para la producción agraria y el avance cultural de la infancia en los campos colombianos.
Durante los debates en 1954 sobre el voto universal femenino en la ANAC, Josefina tuvo que enfrentar la recia oposición que lideró su hermano mayor, Guillermo León Valencia. Por algunos momentos, la discusión sobre el sufragio para las mujeres tuvo un carácter familiar. Guillermo León argumentó que, para aprobar la medida, primero se debía pacificar el país, pues la violencia electoral tan característica en la Colombia de esos años sería un riesgo para las damas. “Más que heroínas, queremos madres”, sentenció. Además, resaltó que, al inmiscuir a las mujeres dentro de la política, la tranquilidad de los hogares se vería perturbada. Las esposas podrían controvertir con sus maridos por motivos políticos y ello fragmentaría a las familias.
Josefina Valencia reprendió a su hermano desde el estrado del Capitolio Nacional. Lamentó las tesis de Guillermo León y le recordó varias cositas. Le dijo que, en vez de preocuparse por la seguridad de las damas, basara sus argumentos en el ambiente de igualdad que había reinado en su hogar durante la infancia. La asambleísta manifestó que, bajo la crianza de su padre, el afamado poeta Guillermo Valencia, los hijos, pero también las hijas, habían aprendido a cultivar su espíritu, enriquecer su criterio y a no ser indiferentes ante las necesidades populares; y no por ello se había roto la estabilidad familiar.
Por otro lado, Josefina recalcó que la república llevaba más de siglo y medio de vida independiente y que, en ese tiempo, los partidos políticos habían protagonizado muchas escenas de sangre, dolor y barbarie. Entonces, le preguntó a su hermano, cuántos años más se necesitarían para que la situación cambiara y que las mujeres pudieran votar. Si el problema era la violencia que habían implantado los hombres en sus luchas políticas, lo que se debería discutir no era el voto universal para las mujeres, sino le restricción total del sufragio masculino, que era lo que había traído las calamidades para la patria.
Josefina Valencia defendió a capa y espada el derecho de las mujeres a participar en política. No pidió nada, exigió lo que era suyo, de todas las colombianas. Sabía que la ANAC era la mejor oportunidad para lograr esa ampliación democrática y no iba a dejar escapar el momento. Y es que las asambleas constituyentes se convocan, entre otras cosas, para aprobar las medidas que el Parlamento no puede por los entramados partidistas y los cálculos electoreros de sus representantes. Propuestas sobre el voto femenino ya se habían presentado al Congreso antes, pero nunca se aprobaron. Si la iniciativa surgía desde los liberales, los conservadores la bloqueaban para no dejarle esa bandera triunfal a sus contendores; y si la radicaban los conservadores, los liberales se oponían porque consideraban que traería ventajas para sus adversarios. De este modo, Josefina insistió, argumentó y enfrentó hasta a su propia sangre en la ANAC para lograr la aprobación definitiva del voto femenino. Cuestión que ocurrió el 25 de agosto de 1954, cuando cientos de mujeres cantaron el Himno Nacional desde el Capitolio.
Josefina Valencia de Hubach fue la primera mujer en Colombia de muchas cosas. Actualmente, hay otra Valencia que pretende ser la primera mujer presidenta del país, solo que lo está intentando abrazando el anquilosado conservatismo de su abuelo Guillermo León y dándole la espalda a su interesante tía abuela.
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