La montaña. Por: Nicolás Castro. (Chía-Cundinamarca)


La antigua iglesia del barrio quedaba junto a mi casa. Era de piedra sólida, y la textura de la roca recordaba a los cimientos del mundo, mientras que mi casa estaba hecha de ladrillos, bloques sencillos y humildes, cocidos en hornos, quizás cincuenta o cien años antes de que yo la habitara. Había decidido mudarme a esa casa cuando regresé a Colombia, luego de pasar varios años muy lejos de Bogotá, sobre todo para estar cerca de mi familia; la iglesia era tan vieja que incluso mi tatarabuela había sido bautizada en su pila. Al tenerla tan próxima, cuando la campana de la iglesia tañía, todas las mañanas, su retumbar misterioso me despertaba en seguida, pues sentía como si el repiqueteo metálico martillara dentro de mi cabeza y corazón, como un reloj interno, revelándome el inicio del día. Yo no madrugaba mucho en ese entonces, pues mi trabajo de oficina tenía horarios flexibles y mis jefes no me necesitaban nunca a primera hora. Me despertaba con el llamado de la misa de las siete de la mañana, y eso me hacía sentir cerca de mi historia, la historia de mi familia, y la historia de mi ciudad y de mis amistades.

Mis años fuera del país fueron años solitarios, años de relaciones vacías, distantes, mediadas por el interés económico, no sólo en cuanto a las dos parejas que tuve, y que en realidad no llegué a querer, al menos no de la manera en que amé a mis exparejas colombianas, sino sobre todo en cuanto a los amigos que pretendí hacer, y que en realidad nunca amé como se ama a los compadres del barrio, esos mismos que crecieron al lado de uno, y que veían la vida de una forma parecida a la propia, y que por ende se sienten tan familiares, tan cercanos, tan propios. Por eso, al regresar, estaba predispuesto no sólo a enamorarme, sino a reconstruir mis amistades de otros tiempos, que habían languidecido por la distancia, la ausencia de palabras y un vergonzoso desinterés, que yo no pude remediar, pues sufrí mucho al vivir en el norte de Europa, y la frialdad de los nórdicos hizo que yo mismo, sumido en una tristeza casi permanente, me permeara, haciéndome dejar de querer a quienes en otro tiempo tanto había amado. Y sucedió que me enamoré perdidamente de una mujer joven, muy inquieta, que luego de dos años de intenso amor decidió irse, de golpe, sin decirme adiós. Al haberla querido como la quise, el dolor inclemente iba y venía, y cuando ese dolor entraba en mi carne, me estrujaba como ninguna cosa que hubiese conocido jamás; por esos días comencé a frecuentar aún más a mis amistades, ya recuperadas, luego de mi regreso, y así como yo los contuve y los rodeé en los momentos en los que ellos hubieron de llorar sus propias amarguras, la compañía de mis hermanos consiguió, por ratos, aminorar mi congoja, pero ésta no se iba del todo. Para tener nuevas excusas para verme con ellos, y consolarme con sus voces y presencias, comencé a ir en las mañanas, en mi bicicleta, a la montaña, en un vano intento por mantenerme a flote.

La ruta que recorríamos, pues subía junto a mis amigos, serpenteaba por las paredes laterales de los cerros Orientales, cerca de mi barrio. Más allá de las cimas estaba La Calera. Conocíamos sus curvas y pendientes muy bien, yo y mis hermanos. Mi círculo de amigos era una hermandad que se había solidificado bastante entorno a los dolores emocionales que cada uno tuvo que vivir en un momento distinto, y tuvimos muchas épocas de amar la bicicleta, tantas como rupturas amorosas. La composición de los equipos de ciclistas a veces variaba, pero la dinámica era inmutable. Éramos un gran grupo de amigos que había sorteado muchos desamores, para bien o para mal, y ahora me había llegado a mí el turno de pedalear al ritmo de la tristeza.

Una mañana, muy temprano, salí decidido a alcanzar la cima solo, como para variar la dinámica, y sobre todo para sentir que iba ganando de nuevo algo de autonomía, luego de tantos meses de dependencia emocional de mis pares. Salí muy temprano, antes de que fuera la hora de ir a trabajar. Subí entregando toda mi fuerza y aliento, y por el camino comencé a sentirme mareado. Iba a un ritmo demasiado acelerado, pero me sentía herido y, espoleado por el dolor, pujaba con fuerza, pedaleando como dando zancadas para salir de un pozo. No quería ahogarme. Quería salir de ese despecho horrendo, quería darle una vuelta a mi vida, quería recuperar las ganas de existir que me habían caracterizado en otros tiempos cuando, mucho más joven, bromaba con mis amigos despechados acerca de la intrascendencia de sufrir tanto por un mal amor.

Cuando llegué a la cima me recibió una neblina densa y helada, inundada por la luz resplandeciente del cielo, lo que hacía difícil mantener los ojos abiertos. Entonces, al fin, me encontré con el enorme aviso que decía “Bienvenido a la ciudad de Bogotá”. Un camión, parqueado bajo el aviso, apareció como un fantasma al acercarme.

El conductor, espantado, estaba muy tenso cuando me vio. Me dijo que había visto a unos ladrones en moto merodeando en los alrededores, armados con pistolas. Pensé en mi bicicleta, costosa, y en el esfuerzo por conseguirla. Le agradecí al conductor y corrí a esconderme en los matorrales.

Saqué un cigarrillo, que traía escondido en la cartera, y me puse a fumar. Me sentía emocionado y vivo, como si la proximidad del peligro mortal me diera una razón para contactarme con mi propia fuerza, y por eso rompí con mi dieta de tabaco; quería intensificar ese momento en el que, por un instante, estaba completamente desconectado de mi despecho. El humo se desprendía del papel incinerado dando giros, fundiéndose con la niebla húmeda, y experimenté una mezcla de entusiasmo y pánico que estaba marcado por el ritmo de mi corazón retumbante. Entonces escuché varios disparos. Un sentimiento de furia suicida me invadió. Imaginé al hombre del camión en el suelo, pidiendo auxilio con la boca ensangrentada. Dejé mi bicicleta en los matorrales y tomé un garrote. No sólo pretendía hacerle justicia al camionero; en cierta forma quería descargar mi propia desdicha en el odio a los ladrones. Corrí con la gruesa madera alzada en el aire, pero no escuché gritos, y luego de una breve carrera el pánico superó a la euforia. Aún así seguí adelante, decidido a no acobardarme ante lo desconocido.

De nuevo, como un fantasma, apareció el camión. Vi dos cuerpos tendidos en el suelo. Eran el camionero y uno de los ladrones, que estaba herido de muerte. Agonizaba en el regazo del conductor mientras éste llamaba a una ambulancia; el honrado hombre repicaba sin parar, pero no había señal, y con cada nuevo intento su desesperación aumentaba más y más. Yo dejé caer el madero al suelo y por un instante sentí que aquello era una revelación, una que me arrancaba definitivamente de mis dramas egoístas y del sinsentido en el que me había hundido.

Me arrodillé delante de los dos. El camionero, joven, aunque no tan joven como su víctima, no decía palabra, y de sus ojos caían límpidas lágrimas, y su mirada tensa y anhelante era un grito desesperado de auxilio. Reconocí su mirada y me avergoncé de mi propio dolor, que tan fácilmente se había transformado en deseo de herir y lastimar al ladrón, y entonces me pareció frívolo y egoísta mi desamor. Aquel hombre estaba a punto de transformarse en el asesino de otra persona, y lloraba con amargura, pues no sólo el ladrón estaría pronto muerto; también él, ahora, se despediría de la vida, para transformarse en otro ser, uno distinto de sí mismo, uno que cargaría con el peso de saberse capaz de cegar la existencia de otro que había sido como él, certeza que lo transformaría para siempre.

Miré al ladrón. Era casi un niño. Seguramente su mirada había sido fiera y cruel unos minutos atrás. Ahora estaba pálido como la muerte y nos agradecía con una mueca inocente nuestra compañía, en su último instante, con sus ojos brillantes, ovalados, transparentes y aterrados. Todos respirábamos pesadamente; nos alternábamos para mirarnos, mientras el conductor continuaba repiqueteando a través del celular, y el sonido agudo espoleaba su corazón estrujado, que derramaba un caudal cada vez más cargado de lágrimas amargas.

El ladrón me había extendido una de sus manos cuando lo miré la primera vez. Enlacé mi mano a la suya sin pensarlo, pues estaba arrepentido del odio que sentí cuando me lancé con el garrote enarbolado. El hombre moribundo y su agonía me parecieron dignos de misericordia. Ya no podía hacer daño. Había vuelto a ser un niño y, como a un niño herido de muerte, yo trataba de consolarlo, susurrándole que no se rindiera, que esperara, que seguro una ambulancia llegaría a tiempo.

Cuando miré mis dedos apretados por los del ladrón, vi que estaban manchados de sangre. Por los nervios, al sentir las gotas de sudor caliente escurriéndose por mi frente y mejillas, traté de limpiarme la cara y me manché el rostro con la sangre. Sentí el aroma metálico cerca de mi boca y, sin embargo, no sentí ningún asco; un hombre se moría delante de nosotros, y su sangre ya no me parecía ajena, su sangre me parecía mi propia sangre, y su vida a punto de extinguirse fue también, por unos minutos, mi propia vida languideciendo. La sangre se secó sobre mi piel, sin que yo me diera cuenta, y horas después, cuando bajé de la montaña, luego de relatarle todo a la policía, me miré en el espejo de mi baño y no me reconocí, no sólo por las pinceladas escarlatas, sino por la expresión distinta de mis ojos.

Ciertamente yo tampoco era el mismo ya, ni mi dolor volvería a ser igual. Nunca olvidé ni al camionero, ni al ladrón, así no volviera a saber nada de ninguno de los dos, ni de su suerte, ni de si al uno lo apresaron, o a dónde enterraron al otro, pero se quedaron conmigo desde ese entonces, y yo me quedé con ellos, para bien o para mal.

 

Comentarios

  1. Nico y gente, estuve leyendo alguno de sus obras, ustedes tienen una vena artística. Reconozco que tiene muchas ideas, ojalá pudiera estar en este nivel. No dejen de escribir y expresamos lo que pasa en el fondo. Felicidades.

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